Risitas
La historia de un peluquero
Aprendí a ser formal y cortés. Cortándome el pelo una vez por mes.
Entre los diferentes y variopintos flagelos invisibilizados por la sociedad, existe uno tan imperceptible que sería capaz de sonrojar a la mismísima silueta de Lon Chaney. Y no se trata de la crisis ambiental, ni de la proliferación del fascismo, ni del aceleracionismo bélico o del inminente holocausto nuclear. No, esas giladas cansan. Ocupan todo el ancho y alto de banda del prime time bananero. CÑÑ, BEBECÉ, ALFAYIDA. Que no importen no quiere decir que no se puedan ver.
A diferencia de la pedofilia (otro flagelo que a nadie le importa1), el crimen se perpetúa desde la inocente inconsciencia de la infancia2. El niño —quien no pidió venir al mundo ni adaptarse a la estética contemporánea— ejecuta su crueldad impune ante uno o varios adultos: un simple trabajador del sector capilar. Su experiencia, y por consiguiente la del progenitor (quienes se merecen el flagelo, pero tampoco lo pidieron porque está invisibilizado), suele ser rebajada cual jugo Clight con Soda Manaos3. Todo humano que haya asistido a una peluquería4 lo sabe. Cortarle el pelo a un niño es un supino dolor de huevos.
No todos son víctimas. También he sido un victimario de peluqueros. En específico, el de mi barrio: Ricardo “Risitas” Rancoromini. Su apodo responde a una tendencia nerviosa, incluso maníaca, por sonreír ante el más nimio o pelotudo solemne comentario de su clientela. En inglés le dicen giggling, que es esa risa de idiota e incluso insidiosa que cubre la capa de incomodidad de un ser humano que está5 perdiendo el pelo. Las Furias cortaban el tiempo en un hilo. El peluquero hace lo mismo con su cabello. Días, meses, años se ven representados en el cuero cabelludo6. Ni el spray podría detenerlo. El pelo sigue creciendo una vez muertos. Es lo único que quedará. En retrospectiva, podría teorizar que esto corresponde a un mecanismo de defensa para soportar el ya no tan invisibilizado flagelo que aquí se comenta con toda seriedad.
El peluquero, como experto de la epidermis psicológica, sabe que un objeto transicional puede evitar el berrinche de un pendejo hijo de re-mil-puta. Por eso, es frecuente la utilización de sillas reclinables con forma de autos, aviones y todo tipo de vehículos7. Risitas sabía, más que nadie, que “aunque la silla de tortura se vista de seda, la tortura queda”. La psicología de un infante requiere de otra imaginación, de sujetos que puedan ser reemplazados como víctimas. Sujetos de plástico8. Muñequitos que puedan tirarse a la mierda en la primera de turno.
¿Pero por qué? ¿Por qué su risa durante este hecho catastrófico? ¿Para alivianar la tensión? No. Risitas era siniestro. Y ese tipo de malicia solo puede ser percibida en la infancia. Un asesino, un payaso, un torturador. Un niño lo nota. El adulto lo ignora, en su complicidad —consciente o no—. Si mantuviéramos el sexto sentido, no votaríamos a cierta gente. Risitas, por más de una razón.
Risitas ríe porque tiene un público cautivo: personitas que no eligieron estar ahí. O quizás ríe porque sabe —sabe muy bien— que un corte puede definir toda una vida de exposición estética. Sabe que un corte taza será recordado en álbumes de fotos; que un mal corte puede generar un apodo escolar; que un cambio de look puede socavar la confianza y destruir un interés amoroso. Sabe que, una vez que se define el peinado, hay que renovarlo periódicamente. La víctima regresa a la tortura. Risitas ríe porque lo necesitamos para encajar, para una entrevista de trabajo, para una reunión familiar. Sabe todo eso y más.
Risitas se venga, con justa razón, de todos nosotros y de nuestros vástagos. Nos confronta con el espejo, nos deja con una capa sin brazos. Vulnerables. El único escape es una pared de serigrafías con estilos estandarizados. Modelos con gel y permanentes. Leyendas del reggaeton, jugadores de fútbol, gente que no existe en nuestra cotidianidad, pero que debemos obedecer.
Risitas quizás ríe porque nadie sabe de su plan. Del sadismo de su profesión. Ríe porque nadie sabe de su pasado. Porque el barrio decidió olvidarlo. Pero ríe, sobre todo, porque es pelado. Un pelado que define la cabellera ajena, que instrumenta su venganza en una guerra psicológica, en un bombardeo mediático-estético.
Yo también soy pelado. Ahora río, porque también soy libre. Espero que ustedes también.
Por el pelo de hoy, ¿cuánto gastaste?
(AAP, Asociación Argentina de Pelados, 2025)
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A este autor le importa, y mucho. Pero no tanto como para consumirlo.
Triple aliteración cacofónica.
Mala analogía, ya que el Clight está hecho para rebajarse. No así el vino. El vino, por ejemplo, es algo de valor que si le tirás Soda Manaos se rebaja bastante. A mí particularmente me gusta, pero el Clight no. Depende el vino también, qué se yo. Viste cómo es esto. Bueno, ¿se acuerdan del Mocoretá? Una vez le puse pis y… Me colgué. Es la nota al pie.
También se dice “Barber Shop” o “Barbería”, bro.
Alitere alitere alitere.
Motivo por el cual las personas se cortan el pelo tras cerrar una etapa.
De hecho, sugiero un estudio que investigue la correlación de estas sillas en responsables de tragedias aéreas y accidentes de tránsito. Creo que más de uno se sorprendería con el número y se impediría la certificación de pilotos que hayan atravesado este evento traumático en su infancia.
No me esforcé en buscar algo que confirme esta teoría, no tengo ganas.



El verano pasado tuvimos un nene en casa (no explico para no alargarla) Pidió ir a la peluquería y nuestro “risitas” mientras le cortaba estaba en una videollamada con un amigo. Además de que tardó el triple, le hizo un desastre, pero fue su culpa. Pidió un corte trapero de moda actual. Ja! Fui cómplice, no dije nada, disfruté de la tragedia: soy pelado.
Y uno porque ya lo da por hecho, pero la verdad me daría miedo ver como un adulto extraño pasa por mi cabeza unas tijeras muy filosas y encima tengo que quedarme quieta.