Una excepción
En el gimnasio
Una excepción. Es todo lo que busco, una excepción. A veces es la belleza en la mugre. La flor que crece en el barro; la mandarina que nace sin semilla. A veces es la fealdad. Un perrito con una pata deforme. Un gol que se yerra debajo del arco. Pero no son excepciones dentro de su excepcionalidad. Existen márgenes en la marginalidad: esas cosas que están en el linde, en el umbral, en un lugar donde podrían no estar y sin embargo están. Ella era una excepción. Un error en las expectativas del fallo.
Un gimnasio es la materialidad de la potencia. De la expectativa. De alcanzar el denominador común, o más bien, superarlo. No me considero una excepción; estoy donde debería estar. Trabajando para aplanar las curvas de mi cuerpo y, en consecuencia, de la aceptabilidad social. Como yo, hay miles, quizás millones. Toda una industria se basa en mi persona. Y toda otra industria se basa en el tipo de persona que quiero alcanzar. De todas formas, teorizo que no hay economía que funcione para y por ella.
Algunas sí, estimo. La oftalmología podrá haber obtenido alguna ganancia a partir de la renovación de sus firmes y aplanados anteojos de marco rojo. Réditos frugales: no parece haberlos renovado en un tiempo, y ella no parece haber vivido tanto tiempo tampoco. Podría tener entre 18 y 50 años. Cualquier franja sería aplicable en su modelo estético. Lo mismo podría decir de la mecánica dental y de sus prótesis de corrección no del todo efectivas. De su sweater gris oficinista combinado con sus pantalones caracterizados por las rayas de un felino. Los mechones restantes de una maraña de pelos semienrulados, semipeinados, semiatados que funcionan como telarañas en los lentes ya empañados por el esfuerzo de la máquina caminadora.
Ella camina, camina y camina. Las cintas son una trampa de humedad. Algún sádico las enfrentó al umbral de acrílico que trasluce la pileta de natación. Pero no se inmuta. Nada de música, no tiene distracciones más que la grasa que se estira en los cuerpos añejados del Aquagym. Alguien podría interrumpir su rutina, aclarar que eso no es la mejor forma de tonificarse. Yo podría; su vecino podría; el profesor, que está distraído con gente no-excepcional-excepcional, podría. No tiene rutina. No le interesa. Ella camina. Viene a caminar.
Yo, no siendo una excepción, estaría incómodo. Pero ella no lo está, ya sea por su sonrisa no corregida, o su maraña no peinada, o su figura que ignora lo esbelto. Camina, camina, camina. No se cansa, parece. Suda y suda, pero no tiene calor; no se saca el cardigan tejido. Sigue caminando. Tal vez simula, simula toda su vida. Tal vez compensa, compensa las horas de la oficina. Las horas sentadas tejiendo.
Ocupa una de las dos cintas. No se resigna, no la presta. Cuenta con algunos tics: revolea el brazo derecho como si estuviera parando un colectivo, gira el cuello hacia su lado izquierdo como quien se escapa por un callejón. ¿Sabrá la excepción que es una excepción? ¿Sabrá de la sutileza requerida para ser la excepción sin ser excepcional? Tal vez es de esas cosas que una simple mención rompe el hechizo. Quiero hablarle, pero prefiero que no advierta su condición. Simulo concentrarme en la musculatura para volver a la cinta en los veinte minutos finales. Todo depende de la disponibilidad de la caminadora. Sé que mis competidores la usurpan en los primeros cuartos de mi entrenamiento. A las 18:40 suele liberarse y ya la puedo expropiar como método de observación. Mi elección: 6,8 km/h, pendiente 0,0 %. Ritmo medio, perfecto para la contemplación. Su configuración: 4,8 km/h, pendiente 0,1 %.
El problema es que su andar firme y constante es proporcional a mi cansancio incremental. El martes pasado intenté bajar la intensidad de la persecución a 5,8 km/h. Era acercarme demasiado a mi objetivo. Ella no se daba cuenta; seguía parando colectivos, mirando semáforos imaginarios, observando la flacidez rebotar contra el agua clorada. En mi segundo aire renové la simulación: sería mi último sprint. Tres minutos más, tres minutos a 7 km/h. Luego velocidad crucero y la dejaría en paz.
Al minuto y medio, antes quizás, empezaron las palpitaciones. Fijé mi atención en el cronómetro; la estaba perdiendo. Un poco más y podría volver a respirar, aminorar el paso, seguir con la excepción. Transcurrieron otros sesenta segundos, creo. Es un aproximado, porque mis ojos no estaban puestos en el contador rojo ni en los anteojos del mismo color. De hecho, no estaban puestos en nada. Volvieron a funcionar cuando desperté sobre el caucho anodino de la sala de spinning, mientras un montón de culos giratorios respondían a los gritos militares de la instructora no-excepcional.
La doctora me dijo que tuve suerte porque justo tenía al lado a una experta en primeros auxilios y que, además, tenía la cabeza apoyada sobre mi nueva almohada, el cardigan amuchado. Pregunté si había dejado algún contacto, para agradecerle. Me respondió que se fue un poco enojada, sin saludar. Que no es la primera vez que le pasa. Que no tenía pensado volver. Después pedí permiso para llevarme el abrigo, la doctora no supo qué contestarme. Me lo llevé igual, una buena excusa para un reencuentro, o para coleccionar.
Ella cumplió con su palabra porque no la vi más. Todas las reliquias necesitan una cruzada. Estoy esperando a que vuelva. En una de esas me la encuentro en la calle, parando un colectivo o renovando sus anteojos en una óptica. Ya me anoté en las clases de Aquagym. Nunca se sabe. A lo mejor hace una excepción.
¡Gracias por leer! Dejá un comentario, si querés, o no sé. Serás las excepción.



¡Excelente! Se lee con ganas, parejito como en una caminadora. Fan de tus finales y cómo los construís.
Marcel Chambi Proust