Un proyecto
Yo no sé mañana.
Todo el mundo tiene un plan. Él también. Y para mañana tenía uno: trabajar. De lo contrario, cientos de horas invertidas serían desperdiciadas sin la culminación del proyecto: el lanzamiento.
Mañana. El problema es que no hay mañana. O no habría mañana. En el trabajo no le dijeron nada. Ningún memo. Ni una noticia. Ninguna respuesta. Y eso que ya había pasado una hora desde el anuncio.
Una opción era adelantarse a las vacaciones, o tomarse una licencia médica. No le pareció justo, quería reservar su ocio para un momento que lo amerite. Se indignó. No puede ser que, a esta altura del partido, el mundo corporativo no haya instrumentado una licencia apocalíptica. Podía comprender que los empleados de Hiroshima no hayan tenido franco. Era la primera vez. Se perdona. Hasta puede hacer la vista con gorda con Nagasaki, que fue un par de días después. No existía ni la ONU. Ahora, que después de cuarenta años (¡cuarenta años!) de Guerra Fría no hubieran agregado una mísera licencia nuclear, era un total despropósito.
El fin estaba anunciado para un miércoles a las 12 de la noche. Podrían haber retrasado las negociaciones para un domingo. Un fin el fin de semana. Fin ideal. Fin al fin: lanzamiento, laureles y un incremento salarial. En el menos peor de los casos, fichaba en la oficina y, con algo de suerte, sufría un poco de radiación a largo plazo. Parecido a Chernobyl. Y en veinte años se moría de cáncer, o algo así. Aunque, eso sí, salvado económicamente.
Pero no, debe trabajar en miras de una jornada que podría no existir y encima prepararse para el evento. En el celular acumula por lo menos veinticinco mensajes sin leer y no son ni las diez de la mañana. Ya sabe, lo presiente, se está gestando una reunión familiar. Otra Navidad, otro Año Nuevo. Otra antesala de una promesa, pero sin un franco para recuperarse de la decepción. Es mamá. Seguro es mamá. Si no la llama pronto, le va a subir la presión a la vieja. Ya debe estar pensando que el hijo se unió a uno de esos “retiros voluntarios”. De esos a que el que se unió el hijo de la manicura. Le va a dar un pico y es capaz de llamar al SAME. Que espere sentada.
Si no tuviera tanto laburo, ya le hubiera confirmado su presencia y la de su acompañante: la torta de manzana. Siempre la torta de manzana. Nunca una nuera. Se complica, desde ya, por varios motivos. Primero, tiene que trabajar. Segundo, no sabe si quiere ir. Tercero, la verdulería está cerrada. Ni hablar de las panaderías. Qué poca ética laboral la de este país, por eso lo terminan mañana.
En la oficina no recibió novedades. Algunos comentarios, algunos rumores. Nada oficial. El jefe, quien no se presentó por “temas médicos”, le comunicó que iba a ser un día normal. Que lo felicitaba porque sus compañeros no demostraban tan buena actitud. La mitad ni se presentó. Le preguntó al jefe ausente si el cliente iba a estar, le contestó que sí. Que era una empresa de perteneciente a cierto “complejo industrial-militar”. Pase lo que pase, ellos trabajan igual. O más bien, él trabaja igual. De todas maneras, les acaba de mandar un mail. En una de esas lo postergan.
Cinco minutos más y llama a la vieja, por ahí igual hay otro plan, en la casa de Marito. ¿Por qué no lo llama, Marito? La verdad con su familia mucho no se lleva, tampoco tiene una enamorada. Siempre fue un tiro al aire. Al menos que proponga un asadito, algo, una carne que le quedó en el freezer. Un pendiente debe tener. Seguro ya se fue de joda. Vive de joda y muere de joda. Así es Marito.
Bueno, supongamos que no hay mañana. ¿Quiere ver a la familia? Se la van a pasar discutiendo a ver de quién es la culpa. Si nosotros, los chinos, si los coreanos, si los yankis, si los rusos, si los, silos. La quiere mucho a la mama, lo mejor es jugar con ese 2 % y decirle que no pasa nada. Que se juntan al pedo. ¿Pero qué pasa si cae? Alguna enamorada debe tener. La exnovia esa que lo dejó por otro tipo. Esa no cuenta. Una que le guste. No se le viene nada a la cabeza. Ah, está esa del banco, le pasó el número para venderle un seguro. Por ahí puede confesarle su amor. En la desesperación, tal vez funcione.
La poca gente que cumple horario laboral se le acerca a hablar. Se aferran a la negación. El tipo un búnker de racionalidad en medio del caos. Aunque ahora lo está perdiendo. Alguien que le confiese un secreto. Un deseo reprimido, un insulto olvidado, una indiscreción. Un furcio, un error no forzado: “Siempre me pareciste un boludo”, “Siempre quise tener sexo con vos”, “No te conocí, pero parecías buen tipo”. No, todo es trabajo: “Suerte mañana”, “¿Qué hacés mañana?”. La verdad, bastante decepcionante el fin del mundo. Y bueno, un mensajito para la enamorada, para la ex. ¿Cuántos habrá recibido ya de esos? Le manda igual. No le responde, no lo ve.
Está también ese grupo de solos y solas. Se juntan en un sucuchito a llorar. Otros en boliches. Los de guita en hoteles de lujo, refugios chic. Escuchó por ahí que alquilaron la Casa Rosada. Que se anunciaba un superfestival en River con ejecuciones públicas y todo. Todas las barras juntas en una batalla a campo abierto. Todo mentira. La gente se junta a conocer gente nueva. A cantar. A contar la historia de su vida. No suena muy divertido. Una iglesia le parece más digno. Una confesión. Sigue esperando a que alguien se confiese. Es preferible salir del trance. Volver al trabajo. Enfocarse en lo importante.
Al rato recibe una llamada, no es la vieja, no es Marito, no es la nuera fallida, no es un grupo de contención, no es un desconocido pidiendo una deuda. Es alguien de arriba, muy arriba. Se adelanta el proyecto. Seguro quieren las cosas terminadas antes de mañana. Cerrar las cosas antes de que se las cierren.
Se conecta y solo ve una silueta parlante. “Me encanta tu trabajo, veo que pusiste mucho esfuerzo. Lamentablemente decidimos no seguir adelante. Entendimos que las chances de continuidad del proyecto son bajas. Hay un cambio de rumbo en la administración. Idas y vueltas, cambios en ciertos cálculos y en la capacidad. No tiene NADA QUE VER CON VOS. Algunas modificaciones en el organigrama. Nuevo enfoque, parecería que el advenimiento de ciertos eventos es más rentable que el evento en sí. Vamos a ir con una opción gradual, por estamentos”. Se frustró: una idea brillante, cómo no se le ocurrió. “Vamos a tener que dejarte ir. Te tendremos en cuenta en el futuro. Tomate el resto del día, después hablamos por la indemnización”.
¿Ir a dónde? ¿Qué futuro? El proyecto no iba a tener otro día, esta vez le tocaba no apretar el botón. Agarra las cosas y se raja de la oficina. Demasiado tráfico. No hay colectivos. Camina y camina. Una alarma sobrevuela la ciudad y se repita cada dos segundos. Les recuerda a los civiles que encuentren un refugio. No la soporta más, es el dedo en la llaga. De frente viene un taxi. Lo para. Hoy lo echaron, se puede dar el lujo. El tachero sube el volumen de la AM. No se entiende nada, solo distorsión. No sabe si código morse o un partido del ascenso. El tachero lo sube un poquito más, le traduce: “¿Te enteraste, flaco? Se cancela hasta nuevo aviso”.
Se baja, creo que se lo tomó para el otro lado. No, no, está bien. Está cerca de casa. Está abierta la panadería. Bueno, mañana sería otro día. Mensaje de Marito: “Recién lo leo, me acabo de despertar”. De la enamorada, ni noticias. Mejor llama a la mamá: “¿Leíste las noticias, hijo?”. Sí, mamá. Sí, mamá. “Qué lástima” le dijo. “Qué lástima”, se dijo. “Ya tenía la torta preparada”.
Bueno, “queda para el futuro”.
Se anota un par de frases en una libretita.
“Está bien, mamá. La próxima voy preparado”.
Pero igual, qué lástima.


