Lapidario
Un canto a la vida
Escribo para ustedes, mis muertos. Mis enterrados, mis incinerados, mis aniquilados. Ustedes que no tienen despedida, ni dedicatoria, ni panegírico, ni necrológica preparada en la redacción. Son mi musa, mis lectores; mi audiencia.
Sé que tuvieron familia, amigos, admiradores, enemigos. Tal vez los quisieron, tal vez no. No sé cuánto vivieron; no sé si se olvidaron o están en una fosa común. No sé si sus restos siguen allí, si son parte de una mosca o de un jardín.
A veces son una cruz, otras una piedra. Yo escribo para ustedes. Los lloro en un mundo de lágrimas secas. Los recuerdo en una tierra sin memoria.
Los llaman Natalia. Los bautizo como “Mamá”, “Papito”, “Hijita”, “Nietito”, “Primita”, “Tío”, “Señor”, “Dama”, “Conde”, “Doctora”, “Lord”, “Sir”. Los nombro en diminutivo; los exclamo entre signos. Les adjudico apellidos: linajes monárquicos, emblemas imperiales, grandes movimientos artísticos.
Su huella quedará grabada para siempre, incluso si corresponde al filo de una excavación. Agrupo sus cenizas con mis letras: en el césped, en el agua, en la arena, en una vasija, en el frío de una heladera.
De bronce, de plata, de hierro, de aluminio, de plástico. Les doy vida en su muerte y muerte en vida.
Un propósito por el cual morir; una historia que comienza por su epílogo y se despliega como una coda en el imaginario popular.
Son expresión. El arte que va de lo universal a lo particular. Podrán existir y representar. Serán verosímiles. Serán pensados.
Al ver sus lápidas, nueva vida se les otorgará.
Me proclamo su escriba, su poeta, su biógrafo.
Escribo para ustedes, mis muertos.
Soy su lapidario.
Descansen sin paz.
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