El horror
Mi historia con el miedo
Cuando era chico le tenía miedo a todo y a todos.
Mi hermano -una década más grande que yo- me torturaba con películas de terror que alquilaba en el videoclub del barrio.
Si me dormía, podía aparecer Freddy.
Si me regalaban un juguete, iba a cobrar vida como Chucky.
Si me miraba al espejo, ahí estaba Candyman.
Si me bañaba, unas pirañas me iban a comer los pies.
Si me mandaban a donde caga el Conde, pensaba en Drácula.
Si pasaba por el videoclub para alquilar un jueguito de Family Game, tenía que cubrirme los ojos. La tapa de un VHS seguro me iba a espantar.
Todas las noches tenía pesadillas. Todas las noches me escapaba de la habitación que compartía con mi hermano para dormir con mis viejos.
En el pasillo veía a mi abuela octogenaria con su andar de cansino y encorvado. Su silueta calva se perfilaba como un zombi que tarde pero seguro llegaría para devorar mi cerebro. Ella solo quería ayudar, que en paz descanse. El acento rumano no es tampoco el mejor sonido para el sosiego.
Cada pesadilla era igual: las vidrieras de una galería se transformaban en caras monstruosas. Es decir, un negocio era un monstruo. Capitalismo atroz.
Para detenerlas debía correr por un pasillo estrecho y apretar un botón rojo. Al hacerlo, veía las cámaras y descubría que era una película.
Ahí me despertaba. Claro: “es solo ficción”.
El problema era socializar, el otro error.
Salir a la vida.
Al jardín de infantes.
Le lloraba a mi mamá que tenía mucho miedo. Cuando me preguntaba el motivo, le mencionaba algún monstruo que había visto en la tele.
Me respondía siempre lo mismo:
—A los únicos monstruos que hay que temerles es a los de la vida real. A las personas.
Mi vieja, toda una Mary Shelley, tenía y tiene razón. Lo cual es mucho peor. Porque me resulta más inquietante tenerle miedo a mi vecino que a las deformidades que vivían debajo de mi cama.
La filosofía suele empeorar las cosas. Entonces me regaló Juan sin miedo, una fábula para niños donde Juan -yo me llamo Iván, que es Juan en ruso, y además me anotaron como Juan en el registro civil porque la I y la v en cursiva parecen una J y una u- le hace frente a sus miedos tratando de ver que sus preocupaciones eran infundadas y hasta graciosas. Que todo problema es solucionable. Se convirtió en mi objeto favorito.
El mismo recurso usa la ghostwriter J. K. Rowling con los dementores en Harry Potter (saga que me parece un horror, ya que estamos). Si algo es gracioso, deja de ser amenazante. Si algo se vuelve cotidiano, deja de ser terrible: se normaliza.
Por eso me volví a obsesionar con los monstruos y con el terror.
Ahora que sabía leer (todavía me cuesta) podía chusmear la revistita del cable y ver si pasaban alguna película en Space o en HBO Olé. Me alcanzaba con leer las sinopsis.
Mi favorita era Chopping Mall porque vivíamos al lado del primer shopping mall creado por el menemismo.
Por eso no entiendo a la gente que me dice que vea otra cosa. No conozco personas más buenas que los fanáticos del terror (y, por extensión, los metaleros y los darks del mundo). Ya se ha dicho, pero el género sirve para resaltar nuestro horror cotidiano, para expresarlo, para desenmascararlo con imaginación. Para advertirnos que, en nuestro pueblito, en las cosas que hacemos todos los días, se esconde una crueldad inimaginable. Una crueldad mundana que elegimos no ver. Porque somos cómplices.
Es normal tener miedo: es un acto de supervivencia. El horror es otra cosa.
Hay un mongui fascista que vive de la crueldad y del odio. Pero con eso convivimos.
No se olviden de votar. No tengan miedo.
Gracias, compartilo y dejá un comentario. No seas miedoso.




El miedo es una reacción instintiva de supervivencia. En cambio, el horror se eleva a otra dimensión. Imagina estar en medio de una calle, por un lado, un xenomorfo destilando ácido, y por el otro, un yautja gesticulando, mientras manipula su lanza. ¿Qué experimentas: miedo u horror?
Creo que ante el yautja, uno experimentaría el miedo de la presa. En cambio, el xenomorfo con su aspecto grotesco e imprevisibilidad, causa un horror ante solo considerar su propia brutalidad.
Incluso, Martín Valiente, el ahijado de la muerte, se debatiría entre estas dos emociones. Por si no lo conoces: era un personaje de la radio muy famoso por los años sesenta en Venezuela. Yo era muy pequeño, pero creo recordar a mi bisabuela escucharlo una vez. Su antagonista recurrente, imagínatelo, era el propio Dr. Belcebú.
Qué miedo Candyman! Nunca me animé a repetir su nombre 5 veces frente al espejo.
Y una que no nombraste pero me tuvo aterrorizada por mucho tiempo fue la bruja del proyecto Blair Witch.