Los clásicos
Amor en el cine
INT. CINE – NOCHE
Fila H. Asiento 10. Simetría absoluta. Lugar privilegiado. Distancia perfecta entre su iris y la pantalla. Era su butaca. Nadie se atrevía a desafiarla.
Todos los viernes lo podía encontrar allí. Solo, en su aposento de fierro y gomaespuma. Lentes con marco rojo. Grandes ausencias capilares afilaban sus costados. Piel reseca. Irritada incluso. Cascaritas epidérmicas nevaban los costados de polar negro e inundaban las manijas limítrofes del asiento.
Sus manos, vacías. Sin bebidas ni alimentos. Sin distracciones. Una figura que pretendía otorgar más respeto del que recibía. Yo me reía de él. Me sentía intimidado. Sabía que se trataba de algo importante, pero yo no tenía la capacidad de comprenderlo. Deseaba que algo en mi vida tuviera la trascendencia que él le otorgaba a esa ubicación.
Me aburría, me dormía. No lo soportaba. Decenas de proyecciones: en iraní, en alemán, en ruso, en vayasaber qué idioma y país foráneo. Algunas no tienen ni sonido, otras en blanco y negro. Lo intenté, era una prueba y no de amor. Ella me invitaba para confirmar que no quería estar conmigo. Se enojaba por mi falta de compromiso con el arte. Un ardid doloroso y traicionero. Cuando al fin comprendí que el final era inevitable, me resigné y convertí mi distracción en una detenida apreciación hacia él. El verdadero Espectador.
EXT. AVENIDA – NOCHE
Al salir me esperaba otra trampa. Una nueva artimaña. Un examen disfrazado de ruego. Una pequeña reseña en las postrimerías del visionado. Durante mis primeras incursiones me limitaba a la obsecuencia, a expresiones simples y anodinas. “Me gustó”, “muy linda”, “era graciosa”. A la quinta vez, ya era un cinéfilo experimentado y necesitaba de otros recursos si quería evitar la humillación.
Recortaba la sección de espectáculos con la esperanza de memorizar una crítica, una expresión, una frase elocuente; seductora, quizás. Adosé a mi léxico varias palabras: como “visionado”, “sinopsis”, “film”, “fotografía”, “ópera prima”, “magnum opus”, “metraje”, “léxico”, “adosar”. Tal era la exigencia que, si no la superaba, corría riesgo de perder cariño e intimidad con mi pareja, o peor aún, no podría ordenar la fugazzeta rellena que degustaba casi en soledad.
Esta vez no pude improvisar ni parafrasear. Había estado demasiado pendiente del Espectador. Intenté conmoverme, quedarme sin palabras. Imaginé que era él, que se había ido rápido al baño a secarse los ojos ante tanta belleza. Busqué en mi alma y no encontré lágrimas. Mi actuación no resultó convincente, demasiado sobreactuada. “Azucarada”, le escuché decir. Además, no era verosímil, encontró una inconsistencia en la continuidad. No me había dado cuenta, esa película ya la habíamos visto y Ella recordaba como mis ademanes contradecían las palabras de mi anterior devolución: “un embole”.
EXT. PIZZERÍA – NOCHE
El mesero siempre nos recibía con el hartazgo de una noche concurrida. Lo veía sufrir cada noche mientras nosotros realizábamos la pantomima de una decisión ya tomada. Las gotas bajaban por su frente y nunca alcanzaban el delantal. Ignoraba el sufrimiento, aquello que no podía ver. La transpiración no la intimadaba. Esperaba unos segundos antes de tener su aprobación. La miraba a los ojos y con un gesto asentía el pedido justo antes de que se fuera a otra mesa. Teníamos cronometrados los segundos para que no se vaya antes de que pudiéramos pedir. En verano, modificábamos el cálculo debido al calor que acompaña al horno de barro. Para Ella todo era un examen.
“Fugazzeta rellena”. Ella se adelantó, me dio la nota sin haberme corregido. Un frío recorrió todo mi cuerpo, bien podría haber congelado el sudor del mesero. El olor de su sentencia era más fuerte que la cebolla. “Creo que no estamos bien juntos. Conocí a alguien”. Era mi última cena. “Este es el final”, me dijo. Un tanto melodramático, pero efectivo. No toqué ni una porción. Recuerdo pensar que había escuchado la risa vengativa del empleado. Ella dejó propina. Nunca más volví al lugar.
EXT. BOLETERÍA - DÍA
¿Y si era Él? ¿Y si Ella también lo había visto? Cómo no conmoverse ante su seriedad. Su avidez por la trascendencia. Seguro se enamoró de él de tan solo mirarlo. No es un tipo lindo, pero si yo podía apreciarlo durante dos horas, Ella también. Apunté a una butaca que pudiera ocupar su lugar, tendría que estar allí, temprano. A primera hora, ni bien se abriera la boletería. Fila H, Asiento 10. Sería cuestión de esperar. Si estaban ocupados, sabría que Ella me estuvo engañando. Esta vez yo sería el Espectador.
Arribé diez minutos antes del horario estipulado de apertura. Y allí estaba él. Otra vez un paso adelantado. Sentado en las escaleras de cemento. Sin un libro, sin una revista, sin comida, bebida, sin distracciones. Estaba vestido exactamente igual que en nuestro último encuentro. Saqué un folleto de la programación del cine para no quedar en evidencia. El pasquín no era tan alto como el Diario La Nación y no podía disimular mi pinta de espía. De todos modos, él no me registraba. Seguía absorto con la mirada centrada en la cartelera.
Faltando dos minutos para que corriera la vitrina, el Espectador se puso en la vanguardia de una fila imaginaria. Era él frente a un vidrio. Debería pegarme para saber la precisión y la cantidad exacta de sus butacas. Expandir mis sentidos para confirmar la traición a la que había sido expuesto. Me coloqué detrás de él. Número dos.
El muchacho de la boletería cruzó la galería y estaba listo para saludar al Espectador, pero se quedó inmóvil al verme detrás. Me miró con un ceño fruncido. Parecía balbucear unas palabras: “Otro más”. Este Guardián se tomó su tiempo para recibirnos en su cubículo. Cuando por fin se dignó a inaugurar su día laboral, tomó un papelito y se lo otorgó a Él. “Lo de siempre, tomá”. Ninguna descripción, nada. Me despabilaron unas palabras. Graves, onduladas. El espectador me espectó. ¡Me habló!
“Los clásicos son los clásicos”. Asintió con respeto.
De igual a igual.
El Guardián me despertó: “Casablanca. ¿Una, no?”.
Se fue. Lo perdí. El viernes sabría la verdad.
INT. NOCHE - CINE
Fila H. Asiento 12. Plano imperfecto aunque pragmático en mi plan de contemplar la escena. Asistí dos horas antes a la función, no lo vi por ningún lugar. Asumí que no estaría en las instalaciones hasta que el personal abriera la sala. Tal vez aprovechaba el tiempo y estaba con Ella, en la cama. Caminé de lado a lado, de sala a sala, de baño a baño. Ahí estaba el Guardián, me devolvió una expresión de pocos amigos y se apuró para inaugurar la sala. No lo veía al Espectador por ningún lado, a Ella tampoco. Frío y lluvia, lo más probable es que hubieran optado por quedarse en su casa viendo un video de su larguísima y finísima colección cinematográfica. El chapoteo de sus zapatos me alcanzó para desestimar mi fantasía. Piloto amarillo, paraguas gris y todavía abierto. Debajo el polar y un jean extragrande. Respiré. Llevó su mentón hacia el cuello y luego lo elevó de nuevo, como un sensei aprobando a su aprendiz. Me alivié de que estuviera solo, pero también recuerdo cierta lástima por no verlo acompañado. Ella se lo perdía.
Le cedí mi lugar para que ingresara primero, y él me respondió con su magnánima ecuanimidad: “Por favor, adelante”. Ingresé a la sala y me senté con la decepción de saber que ahora tendría que ver el film. No podría levantarme de mi asiento, perdería el respeto del Espectador. Atravesó sus anchas caderas entre el límite de mis rodillas y el asiento delantero. Noté cierta migración de la humedad de su vestimenta en la mía. Otra vez la cortesía: “Gracias”. De allí en más se concentró en el espacio vacío de proyección. Traté de imitarlo, distraerme, en este tipo de funciones no hay siquiera publicidades.
No hizo falta, la vi a Ella. Estaba con otro: bigote, lentes, sobretodo. Un artista, un verdadero artista. Se acariciaban, podía reconocer ese cariño de los primeros encuentros. Estaban mal ubicados, demasiado adelante, mucho más de lo que nosotros solíamos estar. Una falta de consideración para su nuevo novio y una molestia para mí, que debería verlos por el resto de la noche.
Las luces se apagaron, la cinta empezó a correr. Escuché unas risitas, unos murmullos. El Artista la intentaba besar. Logró su cometido dos veces, Ella le corrió la cara en una tercera oportunidad. Estaba concentrada. El Artista orientó su mirada hacia la pantalla y luego de unos segundos, su cabeza comenzó a girar en todas las direcciones. Arriba, abajo, derecha, izquierda. Quería gritar, saltar. Hacer todas las cosas que censura el protocolo de la sala. ¡ESTABA ABURRIDO! ¡El Artista se aburría! Otra víctima más, otro pobre tipo que debía rendir examen.
Me conmiseré con el miserable, mi cuello dejó de inclinarse hacia delante y se fijó en línea paralela con la luz del proyector. Ya no vigilaba a nadie, ni a Ella, ni al Espectador, ni al Artista. Era un crítico más, un experto. Por fin tendría algo genuino que decir. Sin embargo, algo me molestaba como zumbido de mosquito. Un murmullo incesante. Parecía que los tórtolos discutían, calculo por diferencias estéticas. La euforia concentrada explotó en un volcán de sonidos prohibitivos, pero adecuados para el cine: “SHHH”.
Voltearon su mirada hacia el fondo. Pude sentir el shock, la vergüenza. La examinadora estaba siendo examinada. Y reprobaba. El Espectador giró su cabeza, otra vez asintió como un emperador romano. Finalicé con mi visionado. La humillación los habrá espantado. Las luces resaltaron su ausencia.
EXT. PIZZERÍA - NOCHE.
Ensoñado, caminé hacia la pizzería. ¿Así se sentía? Todas estas imágenes quedaron flotando en mi cabeza. Les di nuevo sentidos, nuevos finales hipotéticos. Soy un nuevo Espectador. Trascendente, respetuoso, importante.
El mesero me esperaba, menos transpirado de lo usual. Agradecía el fulgor del horno en este invierno. Estaba listo para hacer mi pedido triunfal, sin permiso, sin miradas. Sin juicios, ni mímicas, ni preguntas capciosas. Abrí mi boca. Alguien completó la orden: “Una fugazzeta rellena y dos Coca-Colas”.
El Espectador adelantó la silla y apoyó sus enormes caderas en su nueva butaca. Colgó su paraguas en el respaldo y con una performance sublime declamó:
“Los clásicos son los clásicos”.
Presentí, entre el olor de las cebollas y la fainá, que ese sería el inicio de una hermosa amistad.
THE END
¡Gracias por leer! Si te gustó, podés compartirlo, comentar o suscribirte. Si no te gustó, también podés hacer lo mismo.

